Era una cálida tarde de febrero, la primera en mucho tiempo. El sol se escondía entre los altos edificios de la ciudad mientras ella paseaba tranquilamente reflexionando sobre lo ocurrido aquellos meses atrás.
Andaba sin rumbo, sin un destino, hasta que la fría hierba del parque frenó sus pies y la incitó a sentarse. El paisaje era precioso, los árboles aún sin florecer, le tapaban el resplandor del sol que lograba regalarle sus rayos y estos a su vez, pícaros y huidizos, conseguían escurrirse entre las ramas y acariciar su larga melena.
Poco a poco el cansancio y el calor del sol la invitaron a tumbarse y cerrar los ojos. Se puso a reflexionar sobre su madurez, la vida, el amor, las amigas. Y llegó a una única conclusión: Creía en el poder de la amistad y creía en la felicidad que sentía cada vez que las tenía cerca ya que todo lo demás hacía tiempo que carecía de sentido.
Habían pasado unas 2 horas desde que había cerrado los ojos y cuando los abrió se asombró del imponente espectáculo que la rodeaba.
La luna grande y hermosa reinaba con valentía aquel cielo azul oscuro. Las pocas estrellas que se atrebían a asomarse entre las nubes, yacían tímidas y alejadas las unas de las otras. Se quedó unos minutos más contemplando aquel maravilloso cuadro que tenía ante si misma. Entonces, sintió en su interior una paz tan inexplicable, que le pareció sentir en sus pupilas, cayéndole poco a poco, la tranquilidad que le había faltado todos esos días.

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