Noche. Noche fría, desnuda, oscura.
Una de esas noches en las que absolutamente todo viene a
contracorriente.
Una figura se acercó al borde del
precipicio y se sentó. Las lágrimas bañaban sus bonitos ojos color
miel. En cada lágrima un trocito de esperanza se desvanecía. Era
uno de esos momentos en la vida en los que no veía con claridad
ningún motivo por el que dar el siguiente paso. Soledad, la única
palabra que le vino a la mente haciendo más desdichadas esas pobres
lágrimas que morían una a una, empapando cada vez más su camisa.
Mazazo tras mazazo, tropiezo tras
tropiezo, había aprendido a vivir con el portentoso peso de la
soledad. A no sentir la falta de ese apoyo que, en esos momentos tan
delicados necesitaba.
En ese momento, levantó la mirada, y
contempló el bonito paisaje que tenía ante sus ojos. Las luces de
la pequeña ciudad parpadeaban de vez en cuando, juguetonas. Pero más
allá de todas esas luces, lejos, supo que había al menos dos
personas que seguían creyendo en ella.
Miró al cielo, y como si de un mantel
se tratase, sobre el que se ha caído un salero, pudo contemplar
hermosa, la gran bóveda celeste. Ese imponente espectáculo que se
alzaba sobre ella. Entonces, sólo entonces, sintió paz en su
interior, tanta, que le pareció rozar los límites de la misma
creación.
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