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lunes, 11 de junio de 2012

Tan fuertes como héroes de guerra.



Noche. Noche fría, desnuda, oscura. Una de esas noches en las que absolutamente todo viene a contracorriente.
Una figura se acercó al borde del precipicio y se sentó. Las lágrimas bañaban sus bonitos ojos color miel. En cada lágrima un trocito de esperanza se desvanecía. Era uno de esos momentos en la vida en los que no veía con claridad ningún motivo por el que dar el siguiente paso. Soledad, la única palabra que le vino a la mente haciendo más desdichadas esas pobres lágrimas que morían una a una, empapando cada vez más su camisa.
Mazazo tras mazazo, tropiezo tras tropiezo, había aprendido a vivir con el portentoso peso de la soledad. A no sentir la falta de ese apoyo que, en esos momentos tan delicados necesitaba.
En ese momento, levantó la mirada, y contempló el bonito paisaje que tenía ante sus ojos. Las luces de la pequeña ciudad parpadeaban de vez en cuando, juguetonas. Pero más allá de todas esas luces, lejos, supo que había al menos dos personas que seguían creyendo en ella.
Miró al cielo, y como si de un mantel se tratase, sobre el que se ha caído un salero, pudo contemplar hermosa, la gran bóveda celeste. Ese imponente espectáculo que se alzaba sobre ella. Entonces, sólo entonces, sintió paz en su interior, tanta, que le pareció rozar los límites de la misma creación.

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